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16.8.17

AMADO VUDÚ



Por Claudio Rojo Cesca 

 "VUDÚ", de la poeta santiagueña Belén Cianferoni, recrea la experiencia, cercana a lo profano, de velar lo perdido con los recursos de un misticismo pop. Un campo de juegos para la saña divertida, pero también un encantador reencuentro con los desfasajes tragicómicos del amor romántico y su parodia.



En Damage Therapy (Intravenosa, 2013), Belén Cianferoni ordenaba una serie de sentidos en torno al cuerpo, un cuerpo erotizado y padeciente, pero también un cuerpo que se permite sobrevivir en la poesía. En cierto modo, Vudú (Peces de Ciudad, 2017) es el paso siguiente de aquella apuesta, una búsqueda persistente de velos, ya no solo en la aparatología de la vocación poética, sino en la cultura pop, el pensamiento mágico y hasta la romantización de la ciencia. La entidad de estos discursos sirve al intento de interpretar la inercia del mundo, el desborde inexpugnable donde la poesía se atreve a sondear el dolor:

Hiciste bien en dibujarme
un mapa para protegerme
de las explosiones de las supernovas.
Me hablaste de tantos términos físicos
que no recuerdo exactamente todo lo que dijiste,
sólo la mímica.
Lo que sí pude memorizar
fue la relación material-tamaño de yerba
para hacer matecocidos perfectos.

(Los secretos del universo)


Por los versos de Vudú desfilan Bowie, Leonard Nimoy, Jim Parsons, Luke Skywalker: nombres que impugnan el paso distraído y atraviesan un universo que, aunque singular en el modo de atarse a las cosas, se tiende como un puente a buscar la complicidad del lector y la estrategia para vincularse a su tiempo. El poemario también funciona como una colección de figuritas que Belén hiperlinkea a la efervescencia de lo vivo y a la vez consumible. Hay un registro coloquial que dimensiona su órbita dramática, pero no teme apartarse del temario de su dolor para despecharlo con una tanda publicitaria que lo expropia de cualquier solemnidad.

Che friki,
me volví fanática de tus series
y cambié a mi amado Onur
por el pelotudo de Jim Parsons.
Las personas no me saben igual,
las que no lo conocen a Walter White
me aburren,
y vos…
simple hombre que
fingió ser el vulcano de mi corazón
te cambiaste de bando,
te hiciste otaku
y te fuiste con la gótica esa
que ve dibujitos de animé.

(Pequeño poema friki)


Su potencia radica ahí, en la paradoja de lo que es propio y poseído, de lo que intenta enlazarse con la evocación de la magia (el vudú, igual que la poesía, es un oficio de conjuras) y que a pesar de ello resiste, en el más allá de sus posibilidades, a ser enlazado, a pesar de la promesa de su sistema.
El vudú es ese intento por abrirse a la brecha de lo profano y sus efectos. Un interregno donde el amor le pide cosas al lenguaje para permanecer donde se lo invoca, aunque luego no demore en estafarlo:

nadie se resiste a la magia vudú,
chiquitina,
reía mi vecina.
Pero yo a mis adentros pensaba,
que ni haciendo un muñeco
con su pelo,
con su sangre,
con su piel,
con su ropa,
funcionaría.
El muñeco también
escaparía de mi lado.

(Vudú)


Y así como en el vudú se emplean rituales para recuperar lo perdido, estos poemas procuran velar, vía conjuro, el hueco real de la pérdida por donde amenaza perderse también el cuerpo propio, llevado a la deriva por la fuerza natural de lo ausente que pulsiona y socava:

A lo mejor esto es una tormenta

en un vaso de agua.
No sé.
O puede ser un huracán devastador
que estoy negando
andá a saber,
pero no hay lugar a dónde correr
para protegerme
del cambio climático que se aproxima.

(Cambio climático)


Más allá del gesto cómplice de agenciarnos a una empresa cultural freaky, Belén recoge sus significantes del acervo pop con el afán de parchar lo que por ausencias quedó fragmentado. Los parches, como parches de nicotina (un objeto transicional para reemplazar algo que aniquila), como parches de sentido (significantes que rodean un vacío que no admite ser nombrado), son  los que mantienen unido al cuerpo. Esa impresión minuciosa de la invocación reverbera en el libro e hilvana su formulación compacta, asumida con la necesidad ingenua y hermosa de que lo perdido regrese. Vudú ofrece esa aventura, la magia como forma de duelo, como fórmula, también, de una rehabilitación frente al desamparo. Una magia que presume de lo que ama para contrarrestar el vacío de lo que ya no está con nosotros.-





VUDÚ
de Belén Cianferoni
Editado por Peces de Ciudad
Más info: https://www.pecesdeciudad.com.ar/

29.11.16

LEER UNA NOVELA

RESEÑA DE "EL JUEGO FAVORITO" (Leonard Cohen, 1963)

Por Adrián Bonilla


Leonard Cohen


        Existen tres razones fundamentales por las que me interesa leer una novela. La primera tiene que ver con que el autor elegido, lejos de haber sido prolífico, haya escrito apenas unas cuantas obras. Tal condición supone que en la mayoría de los casos el escritor escogido haya muerto. La segunda razón: que el autor sea, antes que novelista, poeta (buen poeta, se entiende). La última, y quizá la más importante, que el relato sea autobiográfico. Podría ejemplificar la primera y la tercera de las razones citando a El desierto y su semilla, única novela de Jorge Barón Biza. Algo me sugiere que, en el mejor de los casos, el producto nacido de la unión ideal de esta tríada pretenciosa y escasa sería una novela poema.
                          
Portada original de la primera edición
           Creí conveniente calificarla como novela-poema para diferenciarla de novela poética. ¿Quién no atribuyó alguna vez a una novela pasajes provistos de un halo poético? Trátese de una descripción, un estado de ánimo o un soliloquio de un personaje, etc. El juego favorito (1963), de Leonard Cohen, posee más que eso. Cohen hace valer en su relato su pelaje de poeta y las descripciones, estados de ánimo y soliloquios se transforman en verdaderos poemas. Hasta en los pasajes dialogados hay literalmente poesía: “No entres, por favor. Te vas a cansar de mí. Todos los libros dicen que tengo que guardar mi misterio”. El autor narra en El Juego favorito el derrotero afectivo y anímico de cómo se hizo poeta (¿el poeta se hace?). Qué mejor fórmula narrativa que la correlación entre forma y contenido para decir: “Este soy yo, el poeta”. “Si al menos pudiera poner fin a mi odio. Si pudiera creer en lo que escribieron y envolvieron en sedas y coronaron de oro. Quiero escribir la palabra”, anuncia el narrador, casi al final de la novela.  

            El poeta narrador descree pero también duda, y la duda engendra miedo: ¿debo aferrarme al amor, o debo correr en sentido contrario, aunque incluso no pueda despojarme de ese sentimiento?, interrogante que corroe los pensamientos del narrador poeta en el final de la novela. Cohen imprime a su relato la cadencia de sus canciones, lo cual lo transforma en un libro lento, de esos en los que ocasionalmente debemos volver sobre lo leído para cerciorarnos de que nuestra sensibilidad lectora funciona medianamente bien. 

            El nihilismo del poeta no resulta chocante ni solemne. Ese descreimiento empedernido del Cohen narrador se ve reflejado en las más comunes escenas de la vida en sociedad. En los vagabundeos nocturnos, junto a su amigo Krantz, por la Montreal de los 60; en los encuentros amorosos con mujeres afligidas en habitaciones de alquiler; trabajando como celador en un campamento de escolares; o incluso en su atormentada relación con su madre, internada en un psiquiátrico. En fin, una fórmula que no empalaga ni aburre, que se agradece, que nos hace sentir que tenemos los pies sobre el piso y que no estamos tan solos. Les transcribo, para finalizar, un pasaje poema que merece citarse: “Hermano, dame tu nuevo coche. Quiero volar hasta mi amor. A cambio te ofrezco esta silla de ruedas. Hermano, dame tu dinero. Quiero comprarle a mi amor todo lo que desee. A cambio te ofrezco la ceguera para que puedas controlar a todos durante el resto de tus días. Hermano, dame tu mujer. Es a ella a quien amo. A cambio he ordenado a todas las prostitutas de la ciudad que te fíen infinitamente”. 

           Además de El juego favorito, Cohen escribió Hermosos perdedores. Su producción literaria se enfoca principalmente en la poesía, con varios poemarios publicados.-  


4.5.16

CUMBIA, NENA

Por Claudio Rojo Cesca

Poesía que no es tierra de nadie: en su primer poemario, “El Debut” (2016, Minibus Ediciones), Nacho Jurao recrea un cuerpo urbano con gran soltura y un notable sentido del absurdo.

Nacho Jurao (Fotografía de Augusto Bejas)

Existe una poesía de territorios, con trabajo de campo, si se quiere, que resulta de la familiaridad del autor con el universo íntimo que lo rodea. En el ajuste de cuentas entre mundo y autor puede haber desfasaje y, por lo tanto, deuda. ¿Qué deuda se gesta, manoteando algo de Foucault, entre las palabras y las cosas cuando a ambas las atraviesa la poesía? “El Debut”, de Nacho Jurao, aventura su respuesta en 84 páginas, creando a la vez una topología de fiestas y excesos que no se divorcia de la ternura, un mapa de corazones marginales, que se mira a sí mismo y dialoga con sus fantasías.  No hay, entre retórica y paisaje, una asociación de palabras más o menos vehiculadas por el ejercicio de un lenguaje que mira al mundo, lo reconoce o lo integra; en “El Debut” el paisaje ES la palabra, un eco del verso, la historia interior de lo interior, mundando y feliz, plagada de experiencias cotidianas que forjan el contorno urbano.

La escritura de Jurao, emparentada con el heroísmo barrial bukowskiano (y, cosa difícil, sin casarse con Blatt), sabe hermanar elementos de la cultura pop sin costura de enunciación, por lo que discurre naturalmente, libre de imposturas, temerario con la hostilidad propia y ajena: 

“qué calor de mierda que hace
y qué música de mierda que están poniendo
y qué gorda está la novia de Jorgito
y qué cara de pelotudo que tenés”

(poema punk)

El autor, es evidente en la operación de su lenguaje, vive y respira de su tiempo, metaboliza lo más próximo, atento a los alcances de su significación –qué quiere decir, por ejemplo, darle vueltitas a alguien durante una cumbia, tirarse en una vereda, insultar a un tipo en una parada de colectivos- y no tanto a la ventaja de la metáfora. Su realismo es de una felicidad cruda, traspasada por la expectativa de una resaca, pero no por ello padecida. Es, a su vez, un realismo que se sabe excedido en la retórica y se deja acompañar por la preciosa fotografía de Nicolás Minhak.

En sus poemas, Jurao reincide en la posibilidad del retorno: sus personajes vuelven al amor, al baile, al porro, a la camorra. Los reencuentros son múltiples y sospechosos (hay nombres de cotillón, inventados para salir al paso), pero en la construcción de las máscaras se vislumbra, también, la intuición de lo genuino, como si toda esa distancia del ritual no tuviera otra función que aproximar los cuerpos. Como si la poesía tuviera, también, esa vocación arrimadora de la música popular: un efecto pop en la palabra y la imagen, una alucinación lingüística maravillosa, para quien lee –sobre todo en voz alta- y encuentra en “El Debut” un retorno al acto inexpresado de sentirse vivo.-


                                                                        ***
hola 

yo no quería venir
pero igual me trajeron
me chamuyaron
diciendo que iba a estar bueno,
que iba a haber minas,
canilla libre y faso,
y que le podíamos meter
hasta las seis, siete,
más o menos
hasta que pase el bondi.

yo pensé 
bueno, ya era,
hay que mandarse
capaz que pinta piola
a lo mejor
te encuentro ahí
y nos miramos un rato
desde lejos
pensando en apretarnos
contra la pared
pero tranca nomás,
vamos y volvemos al toque,
como para sacarnos las ganas
hasta que nos prendan las luces
y nos tengamos que ir.

(poema incluído en "El Debut")

Bio
Nacho Jurao nació en Tucumán en 1996. Egresado del Gymnasium UNT, actualmente es un dudoso estudiante de la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Tucumán. Publicó algunos de sus textos en Marcia Larvaria, Antología marciana de poesía Vol. 1 (2015, Editorial Larvas Marcianas) y en la antología Cospel de oro (2015, Minibus Ediciones). Además de la presente obra, escribió también Postales del interior y Treinta días abajo de la cama, ambos inéditos y de publicación inminente.

21.1.16

CENIZAS DEL REVIENTE INFANTIL


Por Claudio Rojo Cesca

Amores quebrados y escenas de desencanto: Gabriel Hoyos Izurieta explora en "Se hundió Disney", su primer libro de poemas, los vestigios de una felicidad industrial y remota.

Ilustración: José Rodolfo Loaiza Ontiveros, de la serie "Disasterland"

A quienes ya hemos cruzado la brecha de los veinticinco años nos resulta familiar una melodía que reza: “Disney es magia, es diversión”. Es la publicidad del mundo Disney con la que se presentaban sus películas en videocasete. La puerta de entrada, si se quiere, al desborde colorinche de fantasía paqueta, un universo que nos igualaba a todos en la medida que todos aspirábamos a esa magnífica realización del reviente infantil.

Desde luego, crecimos cuando nos interesó más el sexo y las fantasías cambiaron de tono y temperatura. Cuando las monedas que usábamos para comprar puflitos y caramelos Misky fueron a parar al fondo para bancar la cerveza. Se hundió Disney, del santiagueño Gabriel Hoyos Izurieta, testimonia, en clave de poesía, el desencanto por pasar de los espejitos de colores a ese otro reino de revoque agrietado, la prefiguración de la madurez. Y lo hace, a pesar de ser un primer libro, sin vanidad ni altisonancia, sabiéndose habitante de una cepa de polvo y espina, de monte no muy lejano y siesta golpeada por el calor. También, con cierta habilidad para la invención: el último tramo está integrado por caligramas, experimento en el que la distribución de las palabras queda dispuesta bajo cierta forma, pregnante no sólo en sí misma (un árbol de navidad, un gato, una araña) sino también con el sentido del texto.

Y además de su condición de aparato poético, Se hundió Disney funciona como una red de contención frente al vencimiento de los artificios morales de la (todavía vigente) factoría de sueños. Asume los tintes de una resaca tras largos años de borrachera infantil: ¿qué ha ocurrido con el amor, con los dosajes del amor, con las formas bellas a las que ya nunca arriba tras la evidencia de su fracaso?

“Rezagado de la carrera
He decidido no rastrear
El amor no se persigue
Es un bípedo que se espera
Para dispararle”                      

Estas son cuestiones que brotan y señalan el anticastillo de Izurieta, armado con pedazos de escenas, más o menos cotidianas, en las que rápidamente podemos reconocernos; escenas que bordean una paranoia que también es familiar:

“Miento que veo poca televisión
Pero puede ser que la televisión
Me haya mentido bastante”

Izurieta construye la voz poética a partir de un Yo convocante e involuntario, hilvanado en lo universal del significante “Disney”, Ground Zero del vaciamiento de guirnaldas y luces de colores. Y ocurre, también, que lo Disney de nuestra cultura no llega a todas partes, que hay una zona yerma donde incluso el arte ofrece toda su impotencia: 

“Te vas al campo
Y te das cuenta
Que todas las mariconadas
Que leíste, todas
Las giladas que consumiste
La corriente francesa
El estilo norteamericano
Incluso el realismo mágico
No te sirven para nada”

¿Entonces, cuál es el atentado que hundió Disney? Aventuro la siguiente hipótesis: las formas reales del amor, con su arquitectura desfasada para el terreno sobre el que edificamos la vida, el escombro del desencuentro, la pervivencia de los rencores que se enquistan, largo y tendido, hasta volverse volverse amalgama con el calcio del lenguaje.

Y si acaso vivimos nuestra parte en el desencanto del "sueño Disney" como si libráramos una guerra, tanto mejor si la guerra se libra en el frente de la poesía. Izurieta desfonda ese mundillo de promesas no cumplidas y lo renueva, en un intento por consolidar lo asible y lo soportable ante al aullido de los ideales y la corrección política. Porque a fin de cuentas, Disney no se hunde ni se transforma, más bien se actualiza: lo que sopla como vientito camino arriba, en la pendiente, retorna como huracán y padecimiento. No queda otra que preguntarse: “Oh! Y ahora, quién podrá ayudarnos?”.

La poesía siempre es una opción, Chapulín.

 

"Se hundió Disney" 
de Gabriel Hoyos Izurieta
Lucrecia Editorial, 2015
72 páginas



 



















SELECCIÓN DE POEMAS


SUPERÁVIT EN CAÍDA

Tan indeciso e imprevisible
Con el mundo cargado en mute
Y sin saber cual puerta
Tendré que demoler
Así pasa un mes
Que demora en arruinarse
Y así pasan las personas
Que jamás van a volver.

...

TE VAS AL CAMPO

Te vas al campo
Y te das cuenta
Que todas las mariconadas
Que leíste, todas
Las giladas que consumiste:
La corriente francesa
El estilo norteamericano
Incluso el realismo mágico
No te sirven para nada
No existen
Aquí nomás a unos cuantos
Kilómetros
No muy lejos
A veces no es necesario
Alejarse demasiado.

...

TODAS MIS EX ESTÁN A SALVO

Me cuentan las últimas
Buenas noticias del condado
Todas mis ex amantes están a salvo
Por supuesto de mí
Y ahora bajo la mirada ardiente
De algún buen caballero
Que les hace mejor el verso
Y más simple las cosas
Se salvan, se regocijan, se proyectan
Un futuro común
Demasiado feliz para ser concreto.